El Forjista

La Resistencia Peronista

Los metalúrgicos

Los dos últimos meses de 1956 fueron particularmente agitados por los actos de la resistencia. En Salta fueron detenidos integrantes de un grupo de activistas acusados de actos de terrorismo. Aún no se habían acallado los ecos de los sucesos del 9 de junio, se dictaron once prisiones preventivas contra obreros por supuesta participación en aquellos acontecimientos. Dos mujeres recibieron su castigo correspondiente por infringir el decreto 4161 que prohibía cualquier mención a Perón o al peronismo. Una de ellas había gritado en la calle consignas favorables al movimiento proscripto. La otra había cometido el “grave delito” de colocar una foto de Eva Perón en su lugar de trabajo.

Debe destacarse muy especialmente el valor de muchas mujeres peronistas que aún a riesgo de su integridad física y su libertad, desafiaban las manifestaciones oficialista vivando a Perón y Evita, lo que constituía por aquellos días un acto de audacia sin par.

La partidocracia oficialista estaba preocupada por otras cuestiones que no incluían por cierto, la mano dura aplicada desde el estado para reprimir los reclamos de los trabajadores. Radicales y socialistas efectuaron actos de repudio a la invasión rusa a Hungría, días antes el gobierno había prohibido un acto comunista, que como era tradicional respaldaba sumisamente cualquier decisión soviética, inclusive la de arrasar la soberanía de países como Hungría. Estos sucesos externos y la actitud pro-norteamericana de Aramburu y Rojas alejaron a los comunistas del gobierno. El alineamiento gubernamental con los Estados Unidos comenzó a evidenciarse cuando la represión no se limitó al peronismo sino que también se extendió a los comunistas.

A mediados de noviembre de 1956 comenzó a desarrollarse un paro metalúrgico que marcó un hito y constituyó motivo de orgullo para el movimiento obrero en su conjunto.

En un discurso efectuado a raíz de cumplirse el 74 ° aniversario de la ciudad de La Plata, el presidente de la Nación anunciaba: “Digamos, como punto de partida, que está clara la intervención de viejos y nuevos agitadores”. Los viejos agitadores eran los trabajadores metalúrgicos y los nuevos eran los ex-funcionarios de Lonardi que habían estado conspirando desde su alejamiento del poder, incluso habían intentado contactos con grupos peronistas. Pero, la mayoría de ellos no podían confiar en quienes habían estado directamente implicados en el derrocamiento de Perón, éste había advertido reiteradamente en que nada podía esperarse de las Fuerzas Armadas y de las intentonas golpistas del lonardismo. En esos días se produjo una nueva purga en las filas militares y los generales Bengoa y Uranga fueron encarcelados.

Aramburu decía en La Plata: “No es novedad para nadie la intensa campaña que se realiza para dividir a las Fuerzas Armadas”. Con este razonamiento intentaba poner a todos los opositores en la misma bolsa, vinculando los intentos de los seguidores de Lonardi con el paro de los metalúrgicos, hechos entre los cuales no existía ningún punto de contacto, sólo eran demostrativos de la creciente oposición que engendraban las políticas de su gobierno, cada vez con un mayor tinte autoritario y oligárquico.

Seguía afirmando el presidente: “Otro teatro de operaciones de los agitadores se encuentra en el campo gremial y en este terreno las únicas víctimas son los trabajadores y el país”.

Paradójicamente exclamaba para sorpresa de los trabajadores en lucha que el derecho de huelga “es una conquista intocable del hombre que trabaja” para luego justificar la declaración de ilegalidad del paro metalúrgico: “Si el gobierno declara una huelga ilegal, lo hace en la seguridad de encontrarse frente a un planteo erróneo”.

Este presidente tan predispuesto a evitar las equivocaciones de los obreros, garrote mediante, no hacía sino reflejar la preocupación oficial ante los alcances de la oposición de los trabajadores. Un vocero de la presidencia se sinceró con el periodismo: “el país está atravesando uno de los momentos más difíciles en su vida institucional ante los últimos acontecimientos”. (27)

Los obreros metalúrgicos eran conscientes que no estaban peleando sólo por una reivindicación estrictamente gremial, querían por sobre todas las cosas, levantar bien alto las tres banderas del peronismo que establecían metas olvidadas por el poder: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. Una declaración de los delegados metalúrgicos sostenía: “Estamos presenciando la creación de un frente antinacional y antiobrero: los representantes del estado y el capital extranjero unidos en una meta común de aniquilar a la industria argentina y destruir la organización sindical de la clase obrera... una semicolonia como la Argentina sólo podrá librar la batalla de la liberación económica sobre la base de una clase obrera respetada y organizada que se
gobierne a sí misma sin interferencias y que sostenga al país frente a los grandes monopolios internacionales”.(28)

Hacia mediados de diciembre, a pesar de las detenciones y los despidos, el gobierno no pudo ahogar el paro metalúrgico que ya llevaba más de un mes. Por el contrario comenzó una huelga en el Frigorífico Municipal, mientras que en el Gran Buenos Aires se convocaron paros en solidaridad con los metalúrgicos. La histeria oficialista iba en constante incremento. De acuerdo al lenguaje oficial los trabajadores eran simples “agitadores profesionales”. El Ministro del Interior alertaba sobre todo paro que se efectuara en adhesión a los metalúrgicos: “dichos episodios no obedecen a ningún problema laboral o sindical sino exclusivamente a un propósito subversivo, que será reprimido como tal”. (29)

Con esta particular visión de los hechos, el gobierno optó por la denuncia constante de los supuestos complots, que buscaba atraerse la simpatía de los partidos políticos y causar temor entre la clase media, bombardeada por una permanente prédica antiperonista.

Acosado por todos los flancos, el gobierno a través de la Secretaría de Prensa de la Presidencia denunció el 19 de diciembre de 1956, un complot dirigido desde Venezuela por Perón y transmitido a la Argentina por Eduardo Colom desde Uruguay. Como demostración de la existencia de la conspiración se señalaban como pruebas, los siguientes acontecimientos que causaban honda preocupación al régimen: la huelga del Frigorífico La Negra, colocación de durmientes en las vías del ferrocarril para impedir su paso, ochos bombas que habían estallado en el Gran Buenos Aires, incendios intencionales, incendio en Siam Di Tella y el paro en el Frigorífico Municipal.

Obviamente no existía ningún complot especial contra el gobierno, lo que existía era un incremento de la resistencia contra las políticas que emanaban del poder, contra eso se rebelaban los humildes.

Incluso era notorio que se incluía en el mismo paquete a las acciones violentas con los legítimos reclamos de los trabajadores a través del derecho de huelga, todo esto se realizaba con la intencionalidad de justificar las medidas represivas contra los obreros en lucha.

La huelga metalúrgica duró 45 días, la policía persiguió implacablemente a los trabajadores mientras que las patronales cesanteaban a centenares, los cuales quedaban marcados y fichados de tal manera que no podían obtener un nuevo trabajo.

Los barrios obreros que mostraron mayor adhesión al paro fueron patrullados por tropas que llegaron a ocupar algunas plantas industriales. Comités de Lucha conformados por los militantes de base condujeron el paro. Un destacado activista como Raimundo Villaflor dirigió el comité de Avellaneda, uno de los sitios donde el paro obtuvo mayor adhesión y donde el Comité en pleno fue detenido.

Pocas veces el movimiento sindical tuvo características tan democráticas como en aquellos días, las resoluciones emanaban de asambleas efectuadas en la clandestinidad, con el riesgo señalado. Paradójicamente estos militantes obreros que por medios pacíficos arriesgaban todo en pos de un ideal, eran acusados de subversivos. La ignorancia de Aramburu y sus funcionarios de la situación gremial, sólo era posible por el clasismo antiobrero que caracterizó a ese gobierno.

Los diarios del régimen ocupaban sus primeras páginas con grandes letras dedicadas a mostrar la existencia del complot denunciado por el gobierno. La Razón titulaba el 20 de diciembre: ”Se han revelado hoy nuevos detalles del plan terrorista”, transcribiendo informaciones salidas de la agencia norteamericana y abiertamente contraria al peronismo United Press, uno de cuyos informes decía:“El ex-dictador prófugo de la Argentina ordenó a sus secuaces que el 15 del corriente iniciaran, una campaña de sabotaje que ‘paralizara todo el país’, mataran a toda la población del Barrio Norte de Buenos Aires, y efectuaran una destrucción total, que debía abarcar desde los simples cables telefónicos hasta los gasoductos y las centrales eléctricas”.

Según el diario y el gobierno, el movimiento rebelde sería acompañado con la presencia de militares y tenía como apoyo a personas exiliadas en el Uruguay, como Colom, Jauretche y Francisco Capelli. Jauretche había impreso en Carmelo ejemplares de la revista El 45, los que habían sido introducidos clandestinamente a Buenos Aires.(30)

Al día siguiente, La Razón titulaba en primera página: “Tenía vastos alcances el Plan de Terror que se iba a desencadenar en el país”. Con este título terrorista se buscaba provocar el pánico entre las clases medias y altas, y sobre los partidos políticos que las representaban. Según el periódico, Perón había girado 800.000 dólares para financiar el plan, mientras machacaban sobre la continuidad de los actos de sabotaje para confirmar sus denuncias. El diario argentino volvía a citar una fuente que consideraba inobjetable, otra vez aparecía la United Press que ahora advertía que la documentación que estaba en poder del gobierno “ponen de manifiesto el giro político del dictador depuesto en el exilio, llevándolo a cambiar el típico léxico peronista por modismos clásicamente comunistas”. (31)

Fascista antes, comunista ahora; cualquier calificativo era válido a la hora de denostar al Movimiento Nacional y su líder. Por arte de magia la agencia norteamericana de noticias convertía a los trabajadores argentinos en terroristas dispuestos a arrasar Barrio Norte. Esta evidente mentira no resistía el menor análisis y demuestra hasta que punto las agencias internacionales deforman la información cuando se trata de opinar sobre movimientos políticos que no se someten mansamente a los dictados imperialistas, por el contrario, su elogio denota una complicidad con los intereses de las grandes potencias. No por casualidad estos inventos surgían en medio de una importante lucha de los trabajadores por evitar la liquidación de sus derechos.

En cuanto a la calificación ideológica debemos recordar que el fascismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial había pasado de moda, transformándose el comunismo en el nuevo gran enemigo de los Estados Unidos y sus aliados, por lo que era lógico que se intentara vestir a Perón con el ropaje del nuevo monstruo. Pero atribuir al peronismo connotaciones comunistas o alguna simpatía con él, significaba no conocer en absoluto el pasado tanto del peronismo como del comunismo argentino.

A pesar que a nadie se le había pasado por la mente destruir Barrio Norte, el gobierno anunciaba la detención de importantes dirigentes gremiales como Andrés Framini, Amado Olmos y Armando Cabo.

En vísperas de navidad un plenario nacional de la U. O. M. decidió el levantamiento del paro, paralelamente se dio por terminada la huelga del Frigorífico Municipal al obtenerse la libertad de los sindicalistas.

El gremio metalúrgico consideró de una gran importancia esta huelga, pues a pesar de los encarcelamientos y despidos, constituyó un hito que ayudó a levantar la moral y el espíritu de la clase trabajadora por el desafío que significó para el gobierno. A pesar de las resoluciones del plenario, en algunos lugares como Bahía Blanca y Rosario, el paro continuó por algunos días más. En medio de este clima de constante conflicto el vicepresidente Isaac Rojas, efectuó un discurso de Navidad que resultaba poco creíble para la mayoría de los argentinos. Dijo el marino: “No nos anima, ni nos animó nunca el odio... No nos alienta ni nos alentó afán alguno de venganza... No hay presos sin causa justificada en la Argentina”. (32)

Con miles de detenidos por peronistas o por efectuar huelgas reclamando mejores salarios o la libertad de sus compañeros, concluyó un año en el que Rojas desmentía que la venganza y el odio constituyeran el motor del gobierno. Precisamente el vocero era la persona que más odio antiperonista mostró como funcionario y luego desde el llano.

Otro argentino, desde Caracas opinaba en forma absolutamente distinta: “El país ha sido invadido. Lo han entregado a un imperio en quiebra. Y este imperio aplica en la Argentina los mismos métodos que reserva a sus colonias menos dóciles: asaltos a domicilios en horas de la madrugada. Apresamientos sin ninguna causa, confinamientos, torturas hasta lo increíble, ajusticiamientos y asaltos al erario público. Si yo hubiera imaginado que el país sería ‘invadido’, armaba al pueblo para su defensa. Ya se está viendo, pues aunque sin armas, resiste heroicamente a los tiranos.” (33)
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(27) El Mundo 25/11/56.
(28) James, Daniel: ob. cit., pag. 130.
(29) La Razón 15/12/56.
(30) La Razón 20/12/56.
(31) La Razón 21/12/56.
(32) La Razón 26/12/56.
(33) Perón, Juan: ob. cit., pag. 96.

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