El Forjista

Juan Domingo Perón

Capítulo 42 - El golpe de Estado

Hacia fines de agosto la Marina le ofreció al general Aramburu el liderazgo de una nueva sublevación, éste era uno de los pocos oficiales del Ejército en actividad dispuesto a participar en un golpe de Estado, pero se negó a asumir el mando porque consideraba que tenía escasas posibilidades de éxito.

El general retirado Eduardo Lonardi aceptó el día 11 ser él quien se pusiera al frente de la asonada, obtuvo el compromiso del general Julio Lagos, comandante del ejército de Cuyo de levantar esa región y de Aramburu de intentar hacer lo mismo en Curuzú Cuatiá. 

Pero los aprestos militares eran apenas una de las facetas del golpe de Estado, lo más importante era la acción psicológica mediante la difusión de los rumores más extravagantes que impulsaban a muchos a adoptar medidas desesperadas con tal de evitar el supuesto marasmo que los rumores preveían.

Luna como militante antiperonista lo señala: “Volaban rumores que recorrían la gama de la imaginación, desde los más locos dislates hasta las versiones más creíbles: un grupo de croatas adscripto a la Alianza Libertadora se preparaba a incendiar las casas de los opositores más notorios, había cuerpos de Ejército sublevados cuya situación se ocultaba, se preparaban fusilamientos en masas y gigantescas redadas…”. (1)

A su vez se presionaba a los militares y sus familias para que se decidieran a actuar contra el gobierno, quienes no estaba dispuestos a levantarse contra la democracia eran acusados de cobardes, muchos recibieron una caja anónima con plumas de gallina, otros eran objeto de desaires en lugares públicos.

El 7 de septiembre de 1955 el secretario general de la CGT, Di Pietro, proponía la formación de reservas voluntarias de obreros para defender con armas al gobierno popular, desde el gobierno, el ministro del Ejército Franklin Lucero le agradeció, pero consideraba que no era necesario.

El 14 de septiembre por la noche el general retirado Eduardo Lonardi viaja hacia la ciudad de Córdoba, Jauretche y John William Cooke se reúnen con el ministro de Interior, Oscar Albrieu, para expresarle la inminencia de un nuevo intento de golpe de Estado, pero el gobierno decide no adoptar medidas porque los organismos de seguridad desmintieron esa versión.

Franklin Lucero había realizado un recorrido por los regimientos de Córdoba, se reunió con oficiales y llegó a la absurda conclusión que la situación estaba tranquila, muchos de los informantes de Lucero serían los primeros en levantarse contra el gobierno.

En las primeras horas del día 16 Lonardi subleva la Escuela de Artillería de Córdoba a la que se une la Escuela de Tropas Aerotransportadas, el general les reclamó a sus subordinados que actuaran con “la mayor brutalidad”, entre ambos regimientos combaten contra la Escuela de Infantería, produciéndose un enfrentamiento del que salen gananciosos los rebeldes, en Río Santiago se subleva la Escuela Naval, también lo hacen el regimiento de Blindados de Curuzu Cuatiá, se suma la Marina en Bahía Blanca y Puerto Belgrano;  y la Aeronáutica en algunas bases.   

A pesar de la amplitud de la rebelión, el día 17 el gobierno estima que las tropas leales mantienen una posición favorable, los focos golpistas estaban siendo recuperados por las tropas favorables al gobierno, el levantamiento en Curuzú Cuatiá había sido derrotado y su jefe el general Aramburu había logrado escapar, en río Santiago los sublevados se encontraban en una difícil situación.

Sólo en Córdoba los golpistas habían triunfado, mientras que la escuadra naval que a esa altura se encontraba por Puerto Madryn se dirigía hacia Buenos Aires, pero se suponía que la flota no tenía poder de fuego porque después del 16 de junio se les habían retirado las espoletas a las bombas y no se las había reaprovisionado de combustible.

El día 18 Río Santiago fue recuperado por las tropas leales, otro grupo avanzaba hacia Bahía Blanca para reprimir a la infantería de Marina que había tomado la ciudad, en Córdoba la situación de Lonardi se torna difícil porque dos contingentes se dirigen hacia allí, el denominado Comando de Represión a cargo de sofocar el golpe considera inminente la derrota de la sublevación.

Cuando ocurre algo que el gobierno no esperaba, la flota de mar con ayuda de la aviación naval bombardea la destilería de Mar del Plata, la sorpresa ocurre porque se suponía que la Marina había sido desarmada.

En la noche del día 18, la escuadra al mando del Almirante Francisco Rojas emite un comunicado por el que amenaza bombardear las destilerías de petróleo de La Plata y Dock Sud, tiempo después Rojas reconocerá que le hubiese sido muy difícil acertar en los tanques directamente, lo cual significaba que se producirían víctimas civiles. Un ministro le sugirió a Perón trasladar a familiares de los marinos a la zona de las destilerías para evitar su destrucción, pero el presidente que valoraba las vidas humanas por sobre toda otra cuestión se negó a adoptar esa medida.

El 19 al mediodía, Perón ofrece su renuncia como forma de terminar con la lucha, pero realiza este ofrecimiento como un mecanismo de negociación y no de rendición como en efecto se produjo.

La carta de Perón decía: “Hace pocos días intenté alejarme del Gobierno, si ello era una solución para los actuales problemas políticos; las circunstancias públicas conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esa solución…pienso que es menester una intervención desapasionada para encarar el problema y resolverlo. No creo que exista en el país un hombre con suficiente predicamento para lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el Ejército. El Ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el Gobierno para buscar una pacificación entre los argentinos, antes que sea demasiado tarde, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime. Creo que ello se impone para defender los intereses superiores de la nación… No quisiera morir sin hacer el último intento para su paz, tranquilidad y felicidad. Si mi espíritu de luchador me impulsa a la pelea, mi patriotismo y mi amor al pueblo me inducen a todo renunciamiento personal. Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la nación y a sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses o pasiones. Creo firmemente que esta debe ser mi conducta y no trepido en seguir ese camino. La historia dirá si había razón de hacerlo”. (2)

Joseph Page dice que es ridículo pensar que Perón fuera a renunciar para salvar una destilería, cuando lo que el presidente intentaba evitar era la pérdida de vidas humanas, también se esmeró para presentarlo como huyendo para salvar su propia vida, en una evidente maniobra de difamación que está presente en casi toda su obra. Gracias a Perón se evitó un baño de sangre entre argentinos que sus enemigos no estaban dispuestos a eludir.

Al conocerse esta carta el Comando de Represión deja de actuar, se conforma una Junta de Generales con la misión de negociar con los sublevados, el criterio que prevalece es que el presidente ha renunciado y que la Junta debe asumir el gobierno, Perón les aclara en ese momento que su carta no es de renuncia sino un elemento para la negociación, que si se tratara de una renuncia la hubiese enviado al Congreso y no al Ministerio de Ejército y les recordó que él era el presidente hasta tanto el Congreso le aceptara la renuncia.

Los generales se vuelven a reunir pero no pueden ponerse de acuerdo, algunos proponen negociar con los insurrectos, mientras que otros directamente pretenden entregarle el poder, en ese momento de la deliberación ingresa un grupo de oficiales al mando del general Imaz que con ametralladoras en mano le imponen la condición de aceptar que el gobierno ha sido depuesto y que debe ser entregado a los golpistas, en la madrugada del 20 un general llama al mayor Renner, ayudante de Perón, para comunicarle que la Junta de Generales le ha aceptado la renuncia y que debe abandonar el país.

En las primeras horas del día 20 de septiembre Perón le dice a Atilio Renzi, uno de sus colaboradores de mayor confianza: “Me voy, ya no tengo nada que hacer aquí. Llevo 48 horas sin pegar un ojo. Estoy cansado y deprimido y tengo miedo de que esto se transforme en una masacre por culpa mía, por no haber sabido renunciar a tiempo. Hay que aceptar el destino tal como es, Renzi”. (3)

Unos minutos después abandonó la residencia presidencial para trasladarse hasta la embajada de Paraguay a pedir asilo político acompañado de los mayores Máximo Renner e Ignacio Cialceta y por el jefe de la custodia el subcomisario Zambrino.

Ya en el exilio Perón dejó en claro cuál era su mayor preocupación en esos momentos de sublevación contra su gobierno: “Me preocupaba también la destrucción de la destilería de petróleo ‘Eva Perón’, una obra de extraordinario valor para la economía nacional y que yo la consideraba como a un hijo. Yo había puesto el primer ladrillo hacía nueve años y yo la había puesto en funcionamiento…Influenciaba también mi espíritu la idea de una guerra civil de amplia destrucción y recordaba el panorama de la España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaron abrir arsenales y entregar las armas y municiones a los obreros que estaban ansiosos de empuñarlas, pero eso hubiese representado una masacre y probablemente la destrucción de medio Buenos Aires. Esas cosas uno sabe cómo comienzan, pero no como terminan…”.(4)

De un tema que no hablan los historiadores gorilas es de la intervención extranjera en el golpe de Estado, la primera denuncia no la realiza un peronista sino un diputado opositor, el radical Oscar Alende, que denuncia antes del golpe la presencia de naves extranjeras en las cercanías de nuestras costas, el diputado pensaba que eran naves norteamericanas y que su presencia ahí mostraba que el gobierno peronista no defendía la soberanía nacional.

Pero las naves no eran de esa nacionalidad sino inglesas, ese fue el motivo por el cual el sector más reaccionario del radicalismo no quiso acompañar la denuncia de Alende, mientras que los diputados peronistas se burlaron por lo que consideraban un absurdo, lo que Gran Bretaña estaba realizando era reaprovisionar a la flota argentina que había sido desarmada después de su participación en los sucesos del 16 de junio.

Pero Alende siguió investigando el hecho y presentó pruebas fotográficas de la presencia de naves extranjeras, esas pruebas se perdieron, el diputado recibió la visita de miembros de la Marina para recomendarle que no siguiera con esas denuncias.

Después del golpe, en febrero de 1956 un importante jefe naval lo citó a Alende en la Escuela de Mecánica de la Armada y le confirmó sus sospechas, la flota estaba desmantelada sin pólvora ni espoletas, pero cuando se produjo el golpe ya estaba rearmada. Tiempo después Salabrini Ortiz siguió investigando el tema dando el testimonio de dos periodistas norteamericanos de las revistas Time y Life quienes conocían los entretelones de la escuadra inglesa en apoyo a la Armada argentina.

Hasta aquí nos ha acompañado la obra de Félix Luna, ha llegado la hora de despedirnos de sus libros pero antes intentaremos dejar en evidencia otras de las maniobras que realizó este historiador en su intención de desacreditar al peronismo, Luna acepta que ha sido criticado porque en su obra hay una evidente injerencia de sus opiniones personales, lo cual es inevitable que ello ocurra, lo erróneo es tratar de presentarla como si fuera una obra objetiva lo que sin dudas es el producto de las ideas antiperonistas del autor.

Hacia el final de su obra Luna nos plantea un país inexistente, nos referimos al que existía antes del peronismo, es cuando dice: “Perón llegó al gobierno en 1946 en los términos de un sistema democrático que, con todos sus defectos y corruptelas, garantizaba la libertad de expresión y otorgaba un espacio institucional respetable a la oposición. En breve tiempo lo alteró para reemplazarlo por una estructura que convertía a los disidentes en permanentes destinatarios de invectivas y amenazas, y minimizaba su presencia en los cuerpos representativos. Nadie pudo negar a Perón el derecho a cambiar las bases económicas y sociales de la Argentina puesto que la mayoría lo apoyaba; lo que no debió hacer fue trocar las líneas maestras del sistema político anterior. Esto no formaba parte de su mandato. Así se puso al margen de la legitimidad que originariamente lo había amparado”. (5)

Ese país irreal del que nos habla Luna fue definido por la mayoría de los historiadores revisionistas, no liberales como Luna, como la Década Infame, imperaba el fraude, el hambre, la corrupción y la entrega del patrimonio nacional, el historiador radical parece mostrar nostalgia por esa época en que nuestro país era una semicolonia inglesa.

Pero sorprendentemente unas páginas después, tal vez apelando a la amnesia de sus lectores él mismo nos dice: “A partir de Perón los actos comiciales volvieron a ser regulares, y el bochornoso espectáculo del fraude electoral quedó borrado para siempre de las costumbres políticas del país”. (6)

Otro intento del historiador es mostrar una oposición democrática cargada de buenas intenciones al señalar: “No entendíamos el sentido profundo del peronismo ni captábamos sus poderosos aportes a la comunidad. No éramos golpistas ni teníamos relaciones con militares, pero descontábamos que el derrumbe vendría a través de una revolución y sabíamos que nuestro jefe estaba al tanto de todo lo que ocurría en cuarteles, apostaderos y bases”.(7)


Lo que el historiador llama “revolución” era un golpe de Estado contra un gobierno elegido mayoritariamente por el pueblo argentino, esa palabra se usó en la Argentina durante mucho tiempo para cubrir las auténticas intenciones antidemocráticas de quienes actuaban casi irremediablemente para restaurar el poder de la oligarquía, la mayoría de las veces con ayuda de alguna potencia.

 Pero más adelante se vuelve a contradecir al señalar que la oposición había llegado a la conclusión que no tenía otra opción que la del derrocamiento y la eliminación física, en verdad la oposición actuaba desde el primer día para derrocar al peronismo y aquí no había diferencias entre los más duros y los más moderados.

En una última maniobra Luna intenta escindir el golpe de Estado con el régimen oligárquico que se instauró luego del derrocamiento de Perón, al señalar: “una cosa fue la revolución contra Perón, otra cosa el gobierno de la Revolución Libertadora. La revolución no tuvo programa definido ni gobierno previsto: fue una reacción desesperada contra un poder que había perdido toda mesura y había agotado su razón de ser. Sería un error identificar el alzamiento contra Perón con las modalidades asumidas por el gobierno que siguió”. (8)

Buen intento, tal vez un poco desesperado, pero absurdo, una acción no se entiende sin la otra, si se buscó derrocar al peronismo fue precisamente para instalar un régimen de esas características: antidemocrático, reaccionario y al servicio de las clases privilegiadas con el objetivo colocado en arrasar con los derechos obtenidos por los trabajadores en 10 años de gestión peronista.

Una de las mejores explicaciones del significado del golpe de 1955 posiblemente lo realizara el escritor antiperonista Ernesto Sábato, quién en su libro “El otro rostro del peronismo”, expuso lo siguiente: “Aquella noche de septiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi como las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas. Y aunque en todos aquellos años yo había meditado en la trágica dualidad que escindía al pueblo argentino, en ese momento se me apareció en su forma más conmovedora. Pues, ¿Qué más nítida caracterización del drama de nuestra patria que aquella doble escena casi ejemplar? Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, para ellos duros y sombríos. Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizadas en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta”. (9)

Posiblemente Sábato haya sido uno de los más honestos adversarios del peronismo actitud que lo llevó a denunciar la tortura de la “Revolución Libertadora” a militantes peronistas, no se puede decir lo mismo de Félix Luna.

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(1) Felix Luna. Perón y Su Tiempo.Tomo III El régimen exhausto 1953 1955 Edit. Sudamer. 1986 pag. 324

(2) Norberto Galasso. Perón. Formación. Ascenso y Caída 1893 1955. Tomo I Colihue 2011 pag. 721 y 722

(3) Idem pag. 724

(4) Idem pag. 721

(5) Félix Luna Tomo III pag. 339 y 340

(6) Idem pag 358

(7) Idem pag. 315

(8) Idem pag. 328

(9) Joseph Page. Perón. Una biografía. Editorial Sudamericana. Edición en e-book pag. 440 y 441

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