El Forjista

Juan Domingo Perón

Capítulo 12 - El odio

Centenares de miles de trabajadores se movilizaron ese día sin  provocar incidentes, el único se produjo cuando un grupo de jóvenes de la Alianza Libertadora Nacionalista se dirigió hasta el diario Crítica, que utilizaba término injuriosos para referirse a los simpatizantes de Perón, entonaron cánticos contra el periódico y lanzaron algunas piedras, desde el interior de la redacción respondieron con tiros que produjeron la muerte de dos jóvenes, Darwin Passaponti y Francisco Ramos, de 17 y 21 años respectivamente, se registraron además varios heridos. Serán estos dos jóvenes los primeros mártires del peronismo, movimiento que tendrá que lamentar muchos muertos en sus filas.

Pero salvo este lamentable suceso, en que los trabajadores no tuvieron responsabilidad alguna, la clase obrera mayoritariamente hizo conocer su reclamo sin ningún gesto que pudiera manifestar algún rastro de resentimiento u odio.

Sin embargo, las clases acomodadas comenzaron a dar muestras de un odio visceral, que volverá aparecer cada vez qué en estas tierras un gobierno popular adopte medidas tendientes a mejorar el nivel de vida de los desprotegidos.

Hay que recordar que en ese entonces los intelectuales en su gran mayoría coincidían con los reclamos de la oligarquía dándole la espalda a los trabajadores, en esto no había diferencias sustanciales entre aquellos que se autodefinían de izquierda con quienes mostraban indiferencia hacia los asuntos políticos.

Una de las razones de este odio radica en la pérdida de supuestos privilegios, que la “sirvienta” que hacía la limpieza en las casas de las familias de clase media y alta, comenzara a plantear reclamos era considerado un insulto y una demostración de lo mal que estaban las cosas.

O que aquella tranquila playa que era disfrutada por las familias acomodadas ahora se inundara de trabajadores que por primera vez en sus vidas podían ver el mar gracias al turismo sindical, era también parte de los actos que llevaron a los privilegiados de siempre a odiar al peronismo.

En verdad que el movimiento peronista fue bastante benigno con la oligarquía y las otras clases dependientes de ella, manteniendo varios de los privilegios que ellas mantenían desde antes de su llegada al poder, eso sí, le quitó el privilegio de explotar a otros argentinos, he ahí la condición de incorregible que le asignó Jorge Luis Borges.

Precisamente fue Borges quién luego del 17 de octubre se manifestó horrorizado por el espectáculo de los trabajadores inundando las calles de Buenos Aires, quién le señaló a su interlocutor: “Usted no sabe lo que fue eso, horrible. Algo tremendo” y tiempo después señaló: “Yo estaba avergonzado e indignado”.

Mientras que el escritor Ezequiel Martínez Estrada declaró: “Era un sector numeroso del pueblo, el de los resentidos, el de los irrespetuosos, individuos sin nobleza…turba…populacho… horda… recogida con minuciosidad del hurgador en tachos de basura, residuos sociales… hez de nuestra sociedad…chusma…pueblo miserable de descamisados y grasitas, desdichado pueblo que ha perdido el respeto…nuevo tipo étnico de ‘cabecitas negras’ y ‘peloduro’”. (1)

Mientras que la escritora María Rosa Oliver expresó: “Me pregunto de qué suburbio alejado provienen esos hombres y mujeres casi harapientos, muchos de ellos con vinchas que, como a los indios de los malones, les ciñen la frente, y casi todos desgreñados. O será que el día gris y pesado, o una urgente convocatoria, les ha impedido a estos trabajadores tomarse el tiempo de salir a la calle bien entrazados y bien peinados, como es su costumbre. O habrán surgido de ámbito cuya existencia yo desconozco. Su paso un tanto lento denota que ya han caminado mucho. También parecen algo cansadas las voces que vivan a Perón”.(2)

El radicalismo dijo sobre el 17 de octubre: “fue preparado por la Policía Federal y la Oficina del Trabajo y Previsión, convertida en una gran maquinaria de propaganda de tipo fascista, con ramificaciones en todo el país… Fue una reproducción exacta de las primeras manifestaciones populares del fascismo y el falangismo”.(3)

El Partido Comunista se sumaba a ese festival de adjetivaciones para denostar a la clase obrera que en vez de optar por la claridad ideológica del stalinismo prefería quedarse con los derechos adquiridos, concedidos por un indescifrable coronel, decía el PC: “El malón peronista – con protección oficial y asesoramiento policial- que azotó al país ha provocado rápidamente – por su gravedad- la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República en millares de protestas. Hoy la Nación en su conjunto tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin… En primer orden, nuestros camaradas deben organizar y organizarse para la lucha contra el peronismo, hasta su aniquilamiento. Corresponde aquí también señalar la gran tarea de limpiar las paredes y las calles de nuestras ciudades de las inmundas ‘pintadas’ peronistas. Que no quede barrio o pueblo sin organizar las brigadas de reorganización democrática… Nuestras mujeres deben visitar las casas de familia, comercios, etc., reclamando la acción coordinada y unánime contra el peronismo y sus hordas. Perón es el enemigo número uno del pueblo argentino”. (4)

En el semanario socialista La Vanguardia se decía: “En los bajos y entresijos de la sociedad hay acumulados miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento, y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes”. (5)

La oligarquía, los intelectuales, los partidos políticos estaban azorados no podían creer lo que estaba ocurriendo, creían haber derrotado a aquel irrespetuoso coronel cuando surgió de los suburbios un protagonista que no entraba en sus cálculos, el pueblo trabajador.

Tal vez donde mayor sorpresa había era en la embajada de los Estados Unidos, que unos días antes había anunciado que la carrera política de Perón había llegado a su fin y que ahora debía justificar su resurgimiento como un acto “diestramente utilizado y orquestado por los desesperados miembros de la pandilla de Perón”. Y al día siguiente explicaba que la manifestación se debía a la “excelente organización de maleantes al estilo fascista como los Camisas Pardas y Camisas Negras”. (6)

El dirigente sindical norteamericano de la Central AFL e informante de la CIA, Serafino Romualdi, explicó el 17 de octubre de 1945 un tiempo después diciendo que “además de unos pocos obreros engañados…policías vestidos de civil, fanáticos nacionalistas, nazis y fascistas, empleados públicos bajo órdenes de Perón, militares y personajes de los bajos fondos de ambos sexos”. (7)

El diario Crítica en tanto adoptará una fórmula muy común en estos tiempos por los periódicos de mayor tirada como es mentir desde sus principales titulares anunciando falsedades como estas: “Grupos aislados que no representan el auténtico proletariado argentino trata de intimidar a la población” y “En varias zonas de Buenos Aires, los grupos peronianos cometieron sabotaje y desmanes”. (8)

Pero si bien era de esperar esa reacción de la embajada y de la oligarquía, el inmenso error de la izquierda en ese momento representadas por el Partido Socialista y el Partido Comunista, le impidió a esa corriente de pensamiento consolidarse como un partido o movimiento representativo hasta el día de la fecha, incluyendo ahora a grupos trotskistas muchos de los cuales muestran un gorilismo similar al de sus antepasados izquierdistas.

De igual forma la incomprensión de una parte de la clase media de los movimientos nacionales y populares la ha llevado en reiteradas oportunidades a apoyar golpes de estado o a partidos que en definitiva actuaron en contra de los intereses de los sectores medios de la sociedad.

Para aquellos que creyeron descubrir una grieta en el siglo XXI, recurrimos a Abelardo Ramos para bucear sobre los bloques en pugna en ese histórico momento: “En un país semicolonial en crecimiento como la Argentina, los sectores sociales pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que encuentran su fuente de ganancias en el mercado internacional y lo que producen para nuestro mercado interno. Entre los primeros se encuentran ante todo los privilegiados ganaderos e invernadores bonaerenses; los exportadores de materias primas; los importadores de artículos industriales de los países imperialistas, meros agentes comerciales de la metrópolis, la burguesía agraria del Litoral que vende sus cereales a Europa (campesinos y chacareros acomodados), los sectores financieros que especulan entre la producción y la comercialización, asociados a sociedades anónimas del exterior. Dicha maraña de intereses encuentra su núcleo dominante en los estancieros de la provincia de Buenos Aires, verdaderos jefes de esta oligarquía cuya carencia de espíritu nacional yace en la base de sus intereses económicos ligados al exterior. Esta poderosa fuerza profesa la religión del librecambismo y es socia menor de las grandes metrópolis”. (9)

La composición de la oligarquía puede haber variado un tanto desde ese momento histórico, pero sus intenciones y sus ansias de lucro ilimitado explotando a los más desprotegidos no ha variado en lo más mínimo.
El otro bloque era ese Frente Nacional al que hicimos mención en el capítulo anterior apelando a las palabras de Norberto Galasso y que estaba conformado por la mayoría del pueblo argentino, con la clase trabajadora como columna vertebral.

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(1) Norberto Galasso. Perón. Formación. Ascenso y Caída 1893 1955. Tomo I Colihue 2011 pag 331

(2) Idem

(3) Idem pag. 341

(4) Idem pag. 342 y 343

(5) Joseph Page. Perón. Una biografía. Editorial Sudamericana. Edición  e-book pag. 183 y 184

(6) Idem

(7) Idem pag. 185

(8) Galasso Tomo I pag. 334

(9) Jorge Abelardo Ramos. La Era del Bonapartismo. Editorial Plus Ultra. 1973 pag. 186 y 187

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