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El Forjista

Juana Azurduy, generala de Bolivia y Argentina

 

Capítulo 21 - Miseria y olvido

 

 

La muerte de Güemes significa el fin de la guerra para Juana, las dificultades económicas por la que debe atravesar la obligan a escribirle una carta a las autoridades altoperuanas donde explica su difícil situación: “Después del fatal contraste en que perdí a mi marido y quedé sin los elementos necesarios para proseguir la guerra, renuncié a los indultos y a las generosas invitaciones con que se empeñó en atraerme el enemigo”.

Continuaba su misiva: “Abandoné mi domicilio y me expuse a buscar mi sepulcro en país desconocido, sólo por no ser testigo de la humillación de mi patria, ya que mis esfuerzos no podían acudir a salvarla. En ese estado he pasado más de ocho años y los más de los días sin más alimento que la esperanza de restituirme a mi país… Desnuda de todo arbitrio sin relaciones ni influjo, en esta ciudad, no hallo medio de proporcionarme los útiles y viáticos precisos para restituirme a mi casa…. Si V.H. no se conduele de la viuda de un ciudadano que murió en servicio de la causa pesar de su mejor, y de una pobre mujer, que, a pesar de su insuficiencia, trabajó con suceso en ella…”

La respuesta oficial fue el 2 de mayo de 1825, se disponía se le proveyera de 4 mulas y 50 pesos para que se marche de Salta y retorne a su ciudad.

Llegó a Chuquisaca acompañada de su hija Luisa de 11 años, nadie la recibió, la mayoría de sus propiedades habían sido confiscadas y otras estaban en poder de su hermana Rosalía que nunca se comprometió con la causa patriota.

Juana reclama la devolución de los bienes y logra que el gobierno boliviano apenas le reconozca la hacienda de Cullco, vive en la indigencia hasta el final de sus días lo que hace que deba malvender esa propiedad, quienes gobernaban en esos momentos la nueva república de Bolivia no habían tenido una clara posición en la larga guerra de la independencia y por lo tanto habían tenido discrepancias con Juana, la mayoría de los caudillos que lucharon contra los españoles habían muerto o habían sido desplazados.

Quienes alcanzaban puestos de importancia era gente como el mariscal Santa Cruz hoy héroe nacional de Bolivia quién al principio había combatido a favor de los realistas y que había reprimido sangrientamente el levantamiento de La Paz de 1809.

Así lo explicó José María Paz que más adelante llegaría a general: “No puede menos de contristarse la imaginación de un argentino y de un soldado de los primeros años de la guerra de la independencia, considerando lo poco que han servido para su país y para esos mismos soldados aquellos sacrificios y ver que sólo sirvieron para allanar el camino a otros guerreros más afortunados y facilitar su carrera a los Santa Cruz y otros muchos que como él hicieron la guerra más obstinada a esa misma Independencia, que ahora son los grandes dignatarios y los verdaderos usufructuarios, mientras que los más antiguos y los más leales soldados de la gran causa de América arrastran una penosa existencia en la oscuridad, la proscripción, la miseria y el olvido”.

Otra cuestión que impidió el merecido reconocimiento a los héroes de la independencia fue que se sucedieron de inmediato luchas internas que asolaron al continente y en especial a Bolivia.

Juana Azurduy, heroína de la independencia, envejeció en soledad acompañada por su hija hasta que Luisa contrajo matrimonio y se marchó a vivir lejos, el recuerdo siempre presente y lacerante de sus cuatro hijos fallecidos, de su esposo y el inolvidable Huallparrimachi.

Entre tantas amarguras un reconocimiento debe haber traído algún alivio, cuando el Libertador Simón Bolívar acompañado por Sucre se presentó en su vivienda para expresarle su reconocimiento a la gran luchadora, llegando a decir que la nueva república llamada Bolivia en honor a él, en realidad debería haberse llamado Padilla y le concedió una pensión de 60 pesos que después Sucre aumentó a 100.

Sucre tomó esa determinación cuando Juana le envió un carta decía: “Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un  marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; más el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V. E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia, en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas, ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V. E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme”

Sólo dos años cobró esa pensión luego la anarquía se agravó después que el general Sucre fuera herido y que el presidente Pedro Blanco fuera asesinado, este último había conducido las tropas que pelearon contra Padilla.

Sin parientes ni amigos murió a los 82 años, el 25 de mayo de 1862, en medio de la pobreza en una humilde habitación alquilada, no hubo homenajes sus restos fueron depositados en una fosa común. Muchos años más tarde, se recuperaron sus restos para enterrarlos en un mausoleo en Sucre.

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