El Forjista

Biografía de José Francisco de San Martín

 

Capítulo 26 - De regreso en Europa

 

El 27 de junio de 1829 el general y Eusebio Soto arribaban al puerto inglés de Falmouth, la diligencia que los transportaba a Londres volcó sin consecuencias para Soto pero San Martín resultó herido en un brazo con los vidrios de la ventanilla, en noviembre estaban de regreso en Bruselas.

Su situación económica era preocupante no recibía la pensión de Perú ni de Argentina, ni los alquileres de sus propiedades, debió acudir a la ayuda de sus amigos, además de llevar una vida muy austera.

Recibió la visita de Miguel de la Barra diplomático chileno ante Francia que era hermano de un combatiente en el ejército del libertador, el general se ofreció a acompañarlo a Waterloo, sitio donde se desarrolló la batalla que significó la derrota definitiva de Napoleón, a unos 20 km de Bruselas.

De la Barra contará sobre los comentarios que hizo San Martín en ese viaje: “…parecía que había estudiado mucho de las batallas de Napoleón en el terreno mismo”.

El 25 de agosto de 1830 se produjo la revolución que proclamó la independencia de Bélgica, algunos miembros de la logia le propusieron que comandara las tropas revolucionarias, él agradeció la confianza que depositaban en sus conocimientos y experiencia, pero prefirió no inmiscuirse en los asuntos de otro país, decidió salir de Bélgica rumbo a Francia donde estaba su hermano Justo, Merceditas ya tenía 14 años.

Apenas unos días antes Francia también había atravesado un proceso revolucionario cuando entre 27 y 29 de julio la población de París se había levantado contra el absolutismo del rey Carlos X que abdicó llevando al trono a Luis Felipe de Orleans iniciando una monarquía constitucional de corte más liberal, antes de llegar a París pasó por Aquisgrán para hacer uso de los baños termales buscando algún alivio a sus dolencias, al llegar alquiló un departamento cerca de la Ópera de París.

Por mediación de su hermano Justo conoció a Alejandro Aguado, nacido en Sevilla integrante de una rica familia de terratenientes y comerciantes, formó parte del ejército español, pero fue uno de los afrancesados que apoyaron a José Bonaparte, por lo que una vez derrotado Napoleón debió exiliarse en Francia, donde siguió ejerciendo el comercio con la ayuda de su familia, incrementando su fortuna lo que le permitió convertirse en banquero.

San Martín se vio obligado a tomar un préstamo en el banco de Aguado que le permitiera sortear momentáneamente las dificultades económicas, colocando como garantías las rentas de sus propiedades en Buenos Aires, no pudo hacer frente a esa deuda, pero los meses siguientes por los esfuerzos de sus amigos en Lima comenzó a recibir la pensión del Perú que le permitió devolver el préstamo al banco de Aguado, a quien el Libertador siempre le estuvo agradecido por haber esperado hasta que recupere la estabilidad de sus finanzas.

Se estableció una relación de cordialidad y mutua confianza entre el militar y el banquero hasta el punto que éste lo nombró su albacea testamentario.

San Martín visitaba asiduamente la casa de Aguado para disfrutar de su numerosa biblioteca y admirar los cuadros de pintores de gran fama, recordemos que el general era un entusiasta pintor aficionado, también participaba de las animadas veladas que se realizaban en la mansión del banquero.

En París conoció al escritor chileno Vicente Pérez Rosales, éste escribió: “Yo conocía la pureza de San Martín en el manejo de los dineros que corrían por sus manos, pero ignoraba mucho de sus rasgos de generoso desprendimiento en obsequio del mismo país por cuya libertad lidiaba. Ignoraba que los diez mil pesos, suma enorme entonces, obsequiados al héroe por el Cabildo de Santiago para costear su viaje a Buenos Aires después de la batalla de Chacabuco, los había cedido para que, con ellos, se echasen los primeros cimientos de nuestra actual Biblioteca Nacional, y entre otras generosidades de aquella hermosa alma, ignoraba también que hasta el fomento de la vacuna costaba a San Martín la tercera parte de los productos de un fundo rústico que poseía en Santiago. ¡Y San Martín era pobre!”.

En París quedó formalizado el noviazgo de Merceditas con Mariano Balcarce en diciembre de 1831, éste era empleado de la legación argentina en París e hijo del general Antonio Balcarce vencedor de Suipacha y guerrero en Chile, para que el compromiso fuera posible San Martín le escribió una carta a Dominga Buchardo de Balcarce su futura consuegra pidiéndole la aprobación para el casamiento de los jóvenes que contrajeron enlace el 13 de diciembre de 1832 en París, al poco tiempo la pareja se trasladó a Buenos Aires.

En febrero de 1832 París fue víctima de un brote de cólera que llegó a producir 20.000 muertes, el general ya había estado en una epidemia de fiebre amarilla en 1804 en Cádiz, a modo de precaución decidió salir de la ciudad con rumbo a Montmorency, en las afueras de París, pero aun con esos cuidados la familia fue víctima de la enfermedad.

En una carta a O’Higgins le contaba: “El cólera nos invadió a fines del citado mes y mi hija fue atacada…  El hijo mayor de nuestro amigo el difunto general Balcarce había llegado de Londres, se hallaba en nuestra compañía y paraba en nuestra casita de campo en que estábamos a dos leguas y media de la capital, y este fue nuestro redentor, sin sus esmerados cuidados hubiéramos sucumbido. Mercedes se repuso al mes, pero yo fui atacado al principio de la convalecencia de una enfermedad gástrica intestinal, que me ha tenido al borde del sepulcro y que me ha hecho sufrir inexplicables padecimientos por espacio de siete meses”.

A esas difíciles circunstancias se sumó la desgracia de la muerte de su hermano Justo Rufino ese mismo año, una vez más la ayuda de Aguado fue valiosa para que San Martín pudiera tener la adecuada asistencia médica y se pudiera reponer en Aquisgrán para aliviar su reumatismo.

En una carta a su amigo peruano Mariano Álvarez le contaba el 22 de julio de 1832  sobre las acciones de los enemigos de Juan Manuel de Rosas: “Tanto los corifeos del partido enemigo de la actual administración como los del partido unitario me escriben que mi presencia es necesaria para salvar al país de la espantosa tiranía con que los oprime el gobierno, ahora bien, usted debe calcular que habiendo resuelto morir antes que encargarme de ningún mando político y por otra parte conociendo a los hombres más influyentes de Buenos Aires y su larga carrera de revoluciones y picardía, como las injustas imputaciones que hacen a la actual administración, yo no me apresuraré a acceder a sus demandas para servir de pantalla a sus ambiciones….”

Y dejaba expuesta la hipocresía y violencia verbal de sus enemigos: “Pero admírese usted, hasta el grado que ha llegado la imprudencia de ciertos hombres. Uno de los que me escriben con más empeño para decidirme a partir es el mismo que hallándome en Lima y habiendo corrido en Buenos Aires la noticia de mi fallecimiento hizo en el célebre papel El Centinela mi oración fúnebre siguiente: ‘El general San Martín fue la primera espada de Sudamérica, el primer tirano y el asesino de sus conciudadanos’. Yo le he contestado simplemente que un tirano y asesino no era digno de mandar a hombres libres”.

A comienzos de 1834 regresaban de Buenos Aires Mercedes y Mariano con un nuevo integrante de la familia María Mercedes Balcarce primera nieta nacida el 14 de octubre de 1833.

En el regreso a Europa, Balcarce llevó el sable corvo que San Martín le había pedido que recuperara, las sumas que el gobierno le adeudaba y que su cuñado Manuel Escalda venía reclamando desde 1822 pero demorado porque el expediente se había extraviado, con esos fondos y la ayuda de Aguado en abril de 1834 se compró su casa en Grand Bourg.

Una reproducción de esa casa fue construida en Buenos Aires en la década de 1940 siendo la sede del Instituto Sanmartiniano, un edificio en tres plantas, la superior en buhardilla, con sótano, una sala, comedor, 8 dormitorios y 3 para el personal doméstico, tenía un jardín donde practicaba floricultura y horticultura, también contaba con caballerizas.

Le escribió a su amigo Pedro Molina: “Hace más de tres años que vivo retirado en este desierto, pero como en él he encontrado el restablecimiento de mi salud y por otra parte la tranquilidad que en él gozo es más conforme con mi carácter y edad… si como espero, la tranquilidad de nuestra patria se consolida en términos que me aseguren poder pasar mi vejez en reposo regresaré a ella con el mayor placer, pues no deseo otra cosa que morir en su seno”.

El 14 de julio de 1836 nació otra nieta Josefa Dominga Balcarce, en Grand Burg la familia vivía entre cinco y seis meses al año, primavera y verano, el resto del tiempo en París donde desde 1833 alquilaba una casa que pudo adquirir dos años después.

Así le describía a Guido su vida en Grand Bourg: “Paso, en la opinión de estas gentes, por un verdadero cuáquero; no veo ni trato a persona viviente, vivo en una casa a tres cuadras de la ciudad. Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; si, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto, ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa”.

Según señaló el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna: “se levantaba al alba. Siendo argentino, el general no hacía uso del mate en Europa, mas por una ingeniosa transacción con sus viejos hábitos se servía el té o el café en aquel utensilio y lo bebía con la bombilla de caña… Guardaba también un perro de aguas que le habían regalado en Guayaquil al que pasaba horas enseñando pruebas de paciencia o agilidad…”.

Una actividad que el libertador disfrutaba era el de leerle cuentos a sus nietas a medida que estas crecían y se mostraba muy interesado en todas las noticias que procedían de América.

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