El Forjista

Biografía de José Francisco de San Martín

 

Capítulo 23 - En Europa

 

En Francia, San Martín fue sometido a un estricto control, le incautaron documentación y lo instan a dejar prontamente el país, el ministro de Interior le ordenaba al jefe de policía: “Levantaréis el secuestro de estos papeles pero con la obligación de reexportación. Cuidaréis además de que parta prontamente y me daréis aviso del día de su embarco, comunicándome las observaciones a que haya dado lugar su permanencia en El Havre”.

El gobierno francés le informaba al español: “Tenía entre sus efectos gran número de periódicos y folletos en lengua española, todos impregnados del republicanismo más exaltado. El señor San Martín debe embarcarse inmediatamente para Inglaterra y creo deber dar aviso a V. E. del viaje de este individuo, que ha desempeñado un papel tan destacado en la rebelión de la América meridional, rebelión de la que ha sido uno de los primeros jefes y más ardientes propagandistas. Su misión en Inglaterra en las circunstancias actuales tiene que hacer sin duda con intrigas políticas y creo que merece particular atención”.

Cuatro días después el ministro le insiste al jefe de policía que San Martín debía dejar el país y que no se le debía permitir que hiciera escala en ningún puerto francés, la contestación fue que el 5 de mayo de 1824 el americano se había embarcado para el puerto inglés de Southhampton.

A pesar del exilio el Libertador no se mantuvo pasivo, siguió colaborando con la independencia de América del Sur, por eso uno de los objetivos que se había propuesto era romper esa alianza entre Inglaterra y España, logrando que Gran Bretaña reconociera la independencia del continente arrastrando atrás de sí a otros países europeos dejando en soledad a España.

Trabajó arduamente para obtener el reconocimiento de Inglaterra a la independencia, el parlamento inglés dio ese paso el 15 de diciembre de 1824.

Llevaba un año en Europa cuando se reencontró con tres hombres que habían viajado a Europa por decisión suya cuando era el Protector del Perú y que seguían en Londres haciendo gestiones para que esa potencia reconociera la independencia del Perú, además para comprar material bélico y hacer tratativas para un empréstito, se trataba de Juan García del Río, Diego Paroissien y José Antonio Álvarez Condarco.

También se reunió con su viejo amigo James Duff que fue quién lo ayudó a contactarse con funcionarios del gobierno inglés y además a gestionar la compra de dos barcos para la marina peruana.

Carlos de Alvear también se encontraba en Londres enviado por el gobierno de Buenos Aires donde escribió un panfleto con calumnias contra San Martín, lo hizo de manera anónima sin firmar el libelo, además se encargó de distribuirlo entre funcionarios del gobierno y también en América, en Londres difundió la falsa noticia de que el Libertador se encontraba en Europa a los efectos de restaurar la monarquía en América.

Recordemos que Alvear había entregado secretos militares a los españoles, se había puesto al amparo de la corte portuguesa del Brasil, cuando fue la invasión portuguesa a la Banda Oriental se instaló en Montevideo donde se asoció con Jose Miguel Carrera, que había traído una imprenta de los Estados Unidos donde se imprimieron panfletos para calumniar a O’Higgins y San Martín.

Tomás de Iriarte amigo de Alvear escribe en sus memorias: “Alvear desfogonaba el odio reconcentrado que hacía mucho tiempo abrigaba contra San Martín. Absolutizaba los hechos, los desfiguraba y fraguaba algunos con todo el calor de su exaltada imaginación. Este escrito fue impreso en Nueva York hasta el número de quinientos o mil ejemplares…Como es natural comprender, Alvear tenía gran interés en conservar ignorado el nombre del autor; yo le he guardado el secreto”.

Todas las acciones realizadas por el Libertador eran presentadas en este infame documento anónimo como actos de cobardía, traición, ambición de poder y búsqueda de riqueza. La versión liberal de la historia se encargó convertir en prócer y homenajear a este oscuro personaje que actuó desde las sombras, a veces, y otras a cara descubierta, contra los patriotas que construyeron nuestro país.

San Martín quiso instalarse en París donde se encontraba su hermano Justo Rufino que debió exiliarse por sus posiciones liberales, éste inició gestiones ante el gobierno para que su hermano pudiera mudarse, el gobierno rechazó el pedido influenciado por las calumnias de Alvear y también del coronel francés Cramer expulsado del ejército de Los Andes por varias faltas graves.

En agosto de 1824 ambos hermanos se encontraron en Londres, cuando Justo quiso regresar a Francia fue demorado en una dependencia policial donde fue sometido a un interrogatorio por las autoridades policiales españolas donde le preguntaron por un posible regreso de su hermano al Perú.

Por su parte José decidió recorrer Escocia para visitar a su amigo lord James Duff, conde de Fife que le había conseguido los papeles para salir de España en 1811.

A su regreso de Escocia tomó la decisión de instalarse en Bruselas, su hija Merceditas se quedó en Londres pupila en el Hampstead College una escuela de elite, le encomendó a su amigo el capitán Peter Heywood y su esposa Frances Simpson el cuidado de su hija, Heywood era un marino que había participado de la segunda invasión inglesa y que luego había actuado contra Napoleón en España donde conoció a San Martín, llegaron a combatir juntos en la batalla de Albuera a las órdenes de William Carr Beresford quién liderara las tropas inglesas en la primera invasión a Buenos Aires.

En esa época Bélgica y Holanda estaban integradas en el Reino Unido de los Países Bajos liderado por la dinastía holandesa de los Orange, pero la gran mayoría de los belgas no estaban de acuerdo con esa unificación, por eso estalla una revolución en 1830, San Martín llegó a Bruselas antes de esa rebelión.

En Bélgica los integrantes de la logia Perfecta Amistad lo reciben con honores y proceden a acuñar una medalla con su efigie en lo que fue uno de los pocos retratos hechos en vida.

Desde Bruselas le escribió a O’Higgins en febrero de 1825: “Desde fines del año pasado me he establecido en ésta. Lo barato del país y la libertad que se disfruta me han decidido a fijar mi residencia aquí, hasta que finalice la educación de la niña, que regresaré a América para meterme y concluir mis días en mi chacra y separado de todo lo que sea cargo público y si es posible de la sociedad de los hombres. Aguardo por momentos los resultados de la campaña del Perú, quiera la suerte sea favorable para terminar los males de América”.

En Bruselas recibió a su amigo que sirvió a sus órdenes el general inglés Guillermo Miller que le comentó su idea de escribir las memorias de la epopeya del Libertador, por eso le entregó documentación y colaboró con él, cuando recibió los borradores volvió a hacer gala de su inmensa modestia, le dijo: “Permítame que le haga una observación, la que espero no atribuya a un exceso de moderación sino a una verdadera justicia. Usted carga demasiado la mano en elogios míos, esto dará a su obra un aire de parcialidad que rebajará su verdadero mérito. Conozco demasiado bien la honradez e independencia de su carácter para atribuir sus elogios por deferencia hacia mí; pero por lo general, la amistad no es, a la verdad, un juez bien imparcial”.

En 1825 escribió las que tituló “Máximas para mi hija” que tenían los siguientes preceptos: humanizar el carácter hacerlo libre;  inspirarla en el amor a la verdad y odio a la mentira; inspirarla en una gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto; estimular en Mercedes la caridad con los pobres; respeto por la propiedad ajena; acostumbrarla a guardar un secreto; inspirarla en sentimientos de indulgencia hacia todas la religiones; dulzura con los criados, pobres y viejos; que hable poco y preciso; acostumbrarla a estar formal en la mesa; amor al aseo y desprecio al lujo; inspirarla en el amor por la Patria y por la Libertad.

Recibió la visita de Juan Manuel Iturregui enviado por el gobierno de Perú que le ofrecía garantías para regresar a ese país, para llegar hasta la presencia del Libertador el peruano había vivido una peripecia que comenzó en 1823, su primera escala fue en Chile, cruzando la cordillera para Mendoza, donde le avisaron que San Martín  había partido para Buenos Aires, pero una infección lo tuvo postrado más de un mes, cuando llegó a Buenos Aires ya había partido para Europa por lo que regresó a Perú, en 1825 partió hacia Londres y allí le informaron que estaba en Bruselas.

Le agradeció por el ofrecimiento y reconoció el esfuerzo que había realizado para encontrarlo pero le explicó que mantenía serias diferencias con el presidente Riva Agüero al que responsabilizaba por el golpe contra su ministro Monteagudo mientras él se reunía con Bolívar en Guayaquil.

Al enviado peruano le reconoció las diferencias que había mantenido con Bolívar, pero que hizo primar siempre su voluntad de unión para enfrentar al enemigo español: “que desde luego había encontrado en este general las mejores disposiciones para unir sus fuerzas a las del Perú contra el enemigo común, pero que al mismo tiempo le había dejado ver muy claramente un plan ya formado y decidido de pasar personalmente al Perú y de intervenir en carácter de jefe, tanto en la dirección de la guerra como en la de su política; que no permitiéndole su honor asentir a la realización de este plan, era visto que de su permanencia en el Perú, debía haber resultado un choque con el general Bolívar, (cuya capacidad militar y recursos para terminar pronto la guerra eran incontestables) y además el fraccionamiento en partidos del Perú, como sucede siempre en casos semejantes, y conociendo las inmensas ventajas que todo esto debería dar a los españoles se había decidido a separarse del teatro de los acontecimientos, dejando que el general Bolívar, sin contradicción ninguna, reuniese sus fuerzas a las del Perú y concluyese la guerra; que al tomar esta determinación había conocido muy bien que su separación del Perú le haría perder la gloria de concluir la obra que había no sólo planeado, sino conducido”.

Viajaba frecuentemente a Londres a visitar a su hija y amigos, el 22 de marzo de 1825 fue invitado a una cena con otros americanos, pero para su ingrata sorpresa uno de los invitados era Rivadavia que había llegado a Londres para realizar tratativas para empréstitos que endeudaría al país por décadas.

La discusión subió de tono y casi llegan a las manos, hasta el punto que el Libertador lo retó a duelo, pero luego los amigos lo convencieron que no era conveniente mostrar en Europa diferencias entre americanos.

Rivadavia le escribió a su ministro y agente inglés Manuel José García que: “Con respecto a este señor guardaré el decoro que se deben todos los hombres públicos y que me debo a mí mismo; pero por lo que he visto y sentido con tanto dolor en dos conversaciones que tuve con él y que me esforcé inútilmente en hacerlo entrar en razón, es de mi deber decir a ustedes, para su gobierno, que es un gran bien para ese país que dicho general esté lejos de él”.

Años más tarde en una carta dirigida al chileno Pedro Palazuelos el 27 de agosto de 1847 San Martín no se guardó nada al dejar sentada su opinión de Rivadavia: “Tenga V. presente la que se siguió en Buenos Aires – por el célebre Rivadavia- que empleó solo en madera para hacer los andamios para componer la fachada de la que llaman Catedral, 60 mil duros, que se gastaron ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia, y comprar útiles para la construcción de un canal de Mendoza a Buenos Aires , que estableció un banco en donde apenas había descuentos  que gastó 100 mil pesos para construcción de un pozo artesiano al lado de un río y en medio de un cementerio público. Y todo esto se hacía cuando no había un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario deshizo y destruyó el que existía de piedra, y que había costado 600 mil fuertes en tiempo de los españoles, que el ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían limosna los soldados públicamente, en fin que estableció el papel moneda, que ha sido la ruina del crédito de aquella república y la de los particulares. Sería no acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario, y la administración de un gran número de mis compatriotas -creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea- con los decretos que diariamente llenaba los que se llamaba Archivo Oficial”.

Comenzó a tener serios problemas financieros, el gobierno de Buenos Aires le adeudaba sueldos atrasados y no parecía tener ningún interés por ponerse al día, se vio en la necesidad de vender una casa en Buenos Aires que el Congreso le había dado en 1819 como premio por liberar Chile.

Tampoco le llegaban los alquileres por las dos casas que tenía en Buenos Aires, una de ellas heredada de su esposa, ni de la finca que tenía en Mendoza.

Además en 1825 estalló una burbuja financiera por los empréstitos concedidos a las repúblicas latinoamericanas como el caso de Baring Brothers a las Provincias Unidas que provocó la quiebra de varias casas bancarias perjudicando a los ahorristas, uno de ellos fue San Martín.

A fines de 1826 no pudo seguir pagando el colegio de Merceditas, por lo que decidió trasladarla con él a Bruselas e inscribirla en un colegio de monjas.

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