El Forjista

Biografía de José Francisco de San Martín

 

Capítulo 21 - La renuncia

 

Estando en Guayaquil se enteró que su ministro y hombre de confianza Bernardo Monteagudo había sido depuesto por una conspiración, esta circunstancia le fue trasmitida por Bolívar y debe considerarse como una de las razones que motivaron su decisión de presentar la renuncia, un ataque a Monteagudo era un cuestionamiento a San Martín.

La confabulación no sólo había logrado la renuncia de Monteagudo sino que fue obligado a partir al exilio, San Martín volvió a Lima el 20 de agosto y un mes después se reunió el Congreso.

El Congreso lo nombró generalísimo de Perú con una pensión vitalicia, él no aceptó el cargo, también se le otorgó el título de Fundador de la Libertad del Perú y se dispuso levantarle una estatua.

Ese día dirigió una proclama de despedida al pueblo peruano: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”.

Y concluía: “¡Peruanos! Os dejo establecida la representación nacional. Si depositáis en ella entera confianza, cantad el triunfo; si no, la anarquía os va a devorar. Que el cielo presida a vuestros destinos, y que éstos os colmen de felicidad y de paz”.

Como le había anunciado en una carta a O’Higgins una vez que el Congreso peruano se reuniera procedió a renunciar al título de Protector y al mando militar, el 20 de septiembre de 1822 le decía: “Por otra parte, ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más”.

Su más cercano colaborador y amigo Tomás Guido cuenta haber sostenido una conversación con él poco antes de su partida de Lima donde el Libertador le dice “… me devora el pesar de abandonar camaradas que quiero como a hijos, y a los generosos patriotas que me han ayudado en mis afanes; pero no podría demorarme un solo día sin complicar mi situación; me marcho”.

Sobre las causas de su retiro señala: “una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar a algunos jefes; y me falta el valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos, pero en realidad existe una dificultad mayor, que no podría yo vencer sino a expensas de la suerte del país y de mi propio crédito, y a tal cosa no me resuelvo. Lo diré a usted sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú; he penetrado sus miras arrojadas, he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña, quizá no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo. No, no será San Martín quien contribuya con su conducta a dar un día de zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso para saciar su venganza”.

Después de renunciar viajó a Chile, llegando a Valparaíso el 12 de octubre, en Santiago pudo comprobar la ingratitud chilena porque no fue bien recibido, lord Cochrane fue uno de los principales calumniadores, a excepción de su amigo O’Higgins quién lo alojó en su finca donde pasó 60 días para recuperar su deteriorada salud antes de emprender el último cruce de los Andes.

A los dos días de llegar a Santiago, también O´Higgins debió renunciar para evitar que el país se sumiera en una guerra civil, las oligarquías nativas estaban desprendiéndose de los revolucionarios para asegurar sus negocios.

El diplomático estadounidense Mr. Prevost le escribió al superior en su país: “En cuanto llegó San Martín tuvo una recaída y estuvo en las puertas de la muerte. Se encuentra mejor, pero la cantidad de sangre que ha perdido ha quebrantado de tal manera su organismo que está lejos de recuperar una salud que permanece precaria”.

Vomitó sangre lo que produjo una seria inquietud en los médicos que lo atendieron, al punto que se preocuparon por su vida, no obstante, cuando estaba finalizando el año logró recomponerse decidiendo regresar a Mendoza donde llegó en enero de 1823 para permanecer en su chacra de Barriales.

Permaneció varios meses en su chacra recuperando su salud, cuando recibió la noticia que el nuevo gobierno chileno le negó a O’Higgins el pasaporte para viajar a Perú.

Recién en julio de 1823 O´Higgins pudo hacer ese viaje a Perú donde se estableció, debió esperar hasta 1841 para ser reivindicado como se merecía por el gobierno chileno reconociéndole el grado de general y el derecho a regresar a su país, pero ya estaba muy enfermo y se quedó en ese país hermano donde murió en octubre de 1842.

Desde Buenos Aires recibe una noticia devastadora, su esposa se encontraba gravemente enferma, en una carta que le envió Nicolás Rodríguez Peña le anunciaba en junio que podía estar cerca los últimos días de su joven vida: “Remedios, a la salida del correo de Buenos Aires, estaba moribunda. Esto me tiene de muy mal humor, uno puede conformarse con la pérdida de una mujer, pero no con la de una amiga”.

San Martín le escribió al ministro peruano Francisco Valdivieso pidiéndole una licencia por tres años para viajar a Europa a perfeccionar sus conocimientos militares: “Estoy con el sentimiento de que mi mujer quedaba a la salida del correo en la agonía. Si ella fallece me es tanto más urgente el despacho de mi solicitud cuando pienso llevar a mi hija a que se eduque en un colegio en Inglaterra”.

El 16 de diciembre de 1823 recibió la respuesta firmada por el ministro Hipólito Unanue concediéndole la licencia por el tiempo que él considere suficiente y le anunciaba que los sueldos que aún ese gobierno le adeudaba llegaba a los 12.319 pesos.

Años más tarde contará como el grupo rivadaviano lo espiaba aún cuando estaba retirado de la política, así le escribió a O’Higgins: “Confinado en mi hacienda en Mendoza, y sin más relaciones que con algunos de sus vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires: ella me cercó de espías; mi correspondencia era abierta con grosería”.

El representante de Chile en Buenos Aires le decía a O’Higgins: “Todos abominan a San Martín y no ven en él más que un enemigo de la sociedad desde que se ha resistido a tomar parte en las guerras civiles y ha impedido la marcha de sus tropas. A él atribuyen la sublevación de los pueblos y si se aumentan las desgracias del país, creo lo quemarán en estatua”.

A pesar de las circunstancias por la enfermedad de su esposa, Rivadavia le negó el permiso para que el Libertador se trasladara a Buenos Aires, con el argumento que no podía garantizar su seguridad, pero el auténtico temor era que San Martín se pudiera comunicar con el caudillo santafesino Estanislao López y que su adhesión al partido federal inclinara la balanza en favor de ese sector.

López y San Martín mantuvieron un fluido intercambio de cartas, en una de ellas el caudillo le advierte que el gobierno de Buenos Aires quería someterlo a un juicio por su desobediencia en 1819 cuando se lo presionó para que abandonara la campaña libertadora y se sumara a la guerra civil, López le ofreció una custodia para acompañarlo en su viaje a Buenos Aires.

En octubre de 1823 recibió una carta de Estanislao López que le decía: “Sé de una manera positiva por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de V.E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno en un consejo de guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes en 1819, haciendo la gloriosa campaña a Chile, no invadir a Santa Fe, y la expedición libertadora del Perú. Para evitar este escándalo inaudito, y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos, con los cuerpos del ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V.E. en el Desmochado, para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la Victoria… Si V.E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos, hasta Montevideo, etcétera”.

En 1829 le contó a Guido esas circunstancias por las que atravesó cuando se dispuso a regresar a Buenos Aires: “… se apostaron partidas en el camino para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración  -¡y en qué época!- en la cual ningún gobierno de la Revolución ha tenido más regularidad y fijeza”.

No obstante, rechazó el ofrecimiento de López para evitar pérdidas de vidas en un enfrentamiento entre compatriotas, decidió arriesgarse a viajar a Buenos Aires arriesgándose a ser detenido, dejó Mendoza sabiendo de la gravedad de la salud de su esposa, con la esperanza de poder al menos despedirse.

Salió de Mendoza el 20 de noviembre de 1823 en una diligencia, llegó a Buenos Aires a comienzos de diciembre donde recibió la desgarradora noticia que su esposa Remedios había fallecido cuatro meses antes luego de una larga y sufriente agonía, dolor que se incrementó por escuchar en esa ciudad calumnias e injurias contra su esposo que vertían los canallescos diarios de la ciudad.

Remedios murió el 3 de agosto de 1823, sus últimos pensamientos y mensajes estuvieron dirigidos a su esposo.

Su suegra no tuvo una recepción cordial con una actitud que llegó hasta demorar el encuentro de San Martín con su hija Mercedes que tenía ocho años y a la que llevaba cuatro sin ver.

En Buenos Aires renació el viejo entredicho que mantenía con el político más influyente de la ciudad, Bernardino Rivadavia, había participado del derrocamiento del Primer Triunvirato donde Rivadavia era secretario, el libertador se había negado a combatir contra el artiguismo, luego Rivadavia se había vengado negándole la ayuda para terminar su campaña en el Perú.

El temor de los unitarios era que el Libertador presentara su candidatura a Gobernador, contra la cual no tenían muchas posibilidades, por eso se apresuraron a aprobar una ley que determinaba que para ser gobernador había que ser natural de la provincia, la ley tenía un destinatario con nombre y apellido.

El embajador inglés Woodbine Parish de estrecha relación con Rivadavia escribió: “Desde entonces ha sufrido algunas desgracias familiares, y hace pocos meses vino a esta con la intención de llevarse a Europa a su única hija para educarla. Con este propósito ostensible partió de Buenos Aires hace dos meses a bordo de un barco francés que se dirigía a Havre”.

Partió hacia Europa con el objetivo de lograr el reconocimiento de la independencia de los países de América del Sur por parte de Inglaterra para evitar que ésta concrete una alianza con España.

El 7 de febrero de 1824 recibe el pasaporte que le otorga la ciudad y tres días después partió en un buque francés Le Bayonnais junto a su hija y su criado el joven peruano Eusebio Soto, además de todas las penurias por la muerte de su esposa y la ingratitud del gobierno de su país, llegó a Europa con una delicada situación financiera.

El barco hizo una escala en Montevideo, luego en Río de Janeiro y 72 días después de haber dejado Buenos Aires llegó a El Havre el 23 de abril de 1824.

Cuando estaba por viajar a Europa, Rivadavia le escribió al cónsul inglés Woodbine Parish de manera confidencial para que le transmitiera a su gobierno: “Que San Martín había manifestado el mayor desinterés personal cuando sus fuerzas tomaron Lima, no vaciló en ponerse de inmediato al frente del nuevo gobierno con el título Protector del Perú. Parece existir poca duda de que el gran objeto de su ambición era mantenerse en esa situación; en esto, sin embargo, no vio realizado sus deseos y su propia conducta arbitraria hizo que bien pronto surgiera una fracción en su contra, tan fuerte y violenta, que se vio obligado a renunciar al protectorado y abandonar apresuradamente esa parte de la América del Sur”.

Además le advertía al inglés en el sentido que San Martín tenía la intención de plantar una dinastía en América posiblemente de familia española, por eso en una carta que le envía a su amigo José Vicente Chilavert el 1° de enero de 1825 le expresaba: “…establecí mi cuartel general en mi chacra de Mendoza, y para hacer más inexpugnable mi posición corté toda comunicación (excepto con mi familia); yo me proponía, en mi retrincheramiento, dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija. ¡Pero vanas esperanzas! En medios de estos planes lisonjeros, he aquí que el espantoso Centinela (3) principia a hostilizarme; sus cavernícolas falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro …El Argos de Buenos Aires se presenta sosteniendo los ataques de su conciliador hermano, el Centinela…vengo a Europa y al mes de mi llegada un agente del gobierno de Buenos Aires en París, que sin duda alguna acude a los consejos privados del ministro francés, escribe que uno u otro americano residente en Londres trata de llevar (metido en el bolsillo) a un reyecito para con él formar un gobierno militar en América. He aquí indicado al general San Martín…”

Repasando lo ocurrido quedan bastantes claras las causas que obligaron a San Martín a renunciar:

1. La falta de apoyo del gobierno unitario de Buenos Aires al que lo tenía sin cuidado el destino de los países hermanos, sólo le preocupaban mantener los ingresos de la aduana que permitía el enriquecimiento de una oligarquía que gobernaba a espaldas de las demás provincias.

2. La confabulación realizada en Lima por las clases pudientes que vieron con alarma las medidas sociales y económicas de Monteagudo, apoyadas por San Martín, al que desplazaron mientras lanzaban todo tipo de calumnias contra el Libertador.

3. Bolívar tuvo alguna responsabilidad al no mostrar la misma generosidad que San Martín en el aporte de tropas a la causa común, esto no implica desconocer que América Latina debe agradecer eternamente la lucha de Bolívar por la libertad del continente.

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(3) Centinela y Argos, periódicos rivadavianos de Buenos Aires

 

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