El Forjista

Biografía de José Francisco de San Martín

 

Capítulo 19 - La conspiración contra el Libertador

 

Las campañas difamatorias contra San Martín comenzaron a hacerse más fuertes, los realistas desde el interior del Perú, Alvear y Carrera desde Montevideo y Chile y principalmente Rivadavia desde Buenos Aires, una forma de disimular la inquina contra el Libertador era centrar los ataques contra su ministro Bernardo Monteagudo que era quién sostenía las medidas más audaces como libertar a indígenas y afroamericanos con la aprobación del Libertador y con el desprecio de la oligarquía criolla limeña y porteña.

En Lima los terratenientes conspiraban contra San Martín que era llamado el Rey José tratando de mostrar una ambición de poder que nunca tuvo, mientras que a su ministro Monteagudo lo acusaban entre otras cosas de mulato, sibarita y ladrón.

La prensa de Buenos Aires que, salvo excepciones, siempre mostró una ausencia absoluta de patriotismo festejó el asesinato de Güemes por parte de los realistas, La Gaceta decía el 19 de julio de 1821: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos ¡Ya tenemos un cacique menos!”.

En cambio San Martín lamentó esa muerte a quién había confiado la defensa del Norte argentino, mientras la desagradecida Buenos Aires mostraba su desprecio por quién había asegurado que los realistas no avanzaran sobre el suelo nacional y llegaran a la capital a la que sólo le preocupaba el dinero que ingresaba en la aduana.

De la Serna buscaba fortalecerse en las sierras pero no lograba sitiar Lima, en tanto que los realistas que controlaban El Callao debieron rendirse en septiembre de 1821.

Un joven oficial peruano Antonio Gutiérrez de la Fuente, fue el enviado por San Martín a Buenos Aires para solicitar ayuda al gobierno porteño para concluir la guerra contra España y liberar definitivamente a América.

El representante chileno en Buenos Aires le escribía a O’Higgins mostrando el temor que el gobierno de Buenos Aires y la prensa mostraba por el prestigio del Libertador que tenía ideas tan diferentes a las de ese gobierno: “No pueden sufrir que San Martín se cubra de tanta gloria, después que los desobedeció en no venirse a mezclarse en la montonera, como quería, acaso para fusilarlo. Por esta misma razón, en mi juicio, no quieren Congreso porque suponen nombre a San Martín director, y aunque no temen que este venga, temen que el nombramiento y la propiedad del directorio le dé el substituto y sobre el Estado una gran influencia”.

Mientras que un diplomático ecuatoriano definía de la siguiente manera al grupo rivadaviano: “En todo se ve un espíritu de aislamiento, un egoísmo por decirlo así, que ha de ser muy perjudicial a los intereses del país. Parece que estos señores no ven en todo el mundo más que a Buenos Aires y quieren que nadie consagre su existencia sino el engrandecimiento del gran pueblo y nadie viva sino según la regla que les prescribe su soberana voluntad”.

Previendo la negativa de Buenos Aires, Gutiérrez tenía instrucciones de realizar tratativas con el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos, proponiéndole que se haga cargo de la expedición.

Bustos puso como condición para aceptar que Buenos Aires mandara armas y dinero, y envió a su sobrino a acompañar a Gutiérrez de la Fuente a entrevistarse con Martín Rodríguez, gobernador de Buenos Aires, la reunión se realizó el 29 de julio de 1822, el enviado de San Martín le hizo entrega de una carta de éste al gobernador, que prácticamente no prestó ninguna atención a la misiva, y le dijo que debía hablar con Rivadavia que ya meses antes dijo explícitamente que Buenos Aires ya había dado todo lo que podía para la expedición.

Rivadavia por su parte, además de la antipatía que tenía por San Martín, se preocupó al ver que su enemigo el gobernador de Córdoba estaba implicado en el proyecto, por lo que derivó el tema a la Sala de Representantes.

La Sala le dio largas al asunto conformando una comisión, cuando al fin fue tratado Julián Segundo de Agüero se burló del proyecto libertador: “Concluir la guerra a punta de espada es el dictamen del general San Martín” y mentía diciendo “la España estaba resuelta al reconocimiento de la independencia de todos los Estados americanos y solo trataba de hacerlo con dignidad”, España tardó 40 años en reconocer la independencia lo hizo en junio de 1864.

Rivadavia dijo en la sala de Representantes: “…Lo único que convenía a Buenos Aires era plegarse sobre sí misma… tanto más cuanto que Buenos Aires ya había hecho todo lo que podía hacer ...y que era llegado el caso de que por la experiencia, y sus propios sacrificios, se hicieran estos pueblos dignos de libertad”.

Mientras que Manuel García declaraba en la Junta de Representantes: “al país le era útil que permaneciesen los españoles en el Perú”.

Un informe del cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires, John Murray Forbes, explicaba la razón por la cual el gobierno de Buenos Aires controlado por Rivadavia quería impedir el proyecto sanmartiniano, temía que una alianza entre Córdoba, Santa Fe, Mendoza y San Luis organizaran un poderoso ejército que terminara designando a San Martín como director de la Provincias Unidas.

El enviado por San Martín pudo entrevistar a Rivadavia el 6 de agosto quien le informó que la decisión de la Junta de Representantes sería desfavorable, el 14 la decisión decía: “¿Ha de arrojar a esa aventura el gobierno de Buenos Aires los fondos de su provincia y los soldados de su corta guarnición en momentos en que su tierra ha sido invadida por los bárbaros?”.

Los bárbaros no eran los extranjeros sino los caudillos federales que eran el único enemigo al que temía el gobierno unitario, Gutiérrez presenció cuando Rivadavia habló en la legislatura sentando su posición contraria a apoyar a la expedición libertadora, como también lo hicieron los curas Julián Segundo de Agüero y José Valentín Gómez, la única voz favorable fue la del diputado Esteban Agustín Gascón, que mostraba que España siempre había elegido la guerra y el exterminio y no la negociación.

Ignacio Núñez un rivadaviano le explicaba al representante de negocios de Gran Bretaña en Buenos, Woodbine Parish los argumentos en contra del proyecto de San Martín: “Que la España había renunciado a la guerra porque no tenía medios, que los cuerpos bajo bandera españoles que actuaban en América estaba compuestos por criollos, que eran Chile y el Perú quienes debía aportar para terminar la guerra, y que el esfuerzo debían centrarse en resguardar el territorio propio especialmente por el accionar de los bárbaros”.

Más allá de muchas mentiras, la conclusión era que el único enemigo de Buenos Aires era interno, no le interesaba la Nación, España aún contaba con un poderoso ejército compuesto por 20.000 soldados en territorio americano con oficiales profesionales y crueles dispuestos a una guerra de exterminio, Rivadavia que sí tenía el dinero que le negaba a la expedición libertadora, confiaba en poder comprar la paz con España poniendo 20 millones de pesos.

Rivadavia había entrado en negociaciones con el gobierno de Riego en 1822 con el cual estaba dispuesto a firmar la paz, pero los jefes militares se negaron a apoyar ese proyecto y el gobierno porteño cayó al año siguiente.

Rivadavia tenía mayor interés en los asuntos económicos como la concesión a la Casa Hullet Bross & Co. por la explotación del mineral de Famatina sin tener jurisdicción sobre La Rioja y la constitución posterior en Londres de la River Plate Mining Association de la que participaría Rivadavia como accionista y director.

Vicente López el autor del himno le escribió a San Martín explicando que Rivadavia representaba la contrarrevolución porque venía a restablecer el colonialismo.

El historiador Ernesto Palacio explica con respecto a la política unitaria rivadaviana: “Era hora de guerra, y nos dio paz sin honor. Era hora de luchar por la integridad y grandeza, y nos dio prosperidad ficticia con endeudamiento a prestamistas extranjeros. Era hora de la patria, y nos hizo la doctrina de la civilización intemporal. Nos prometió con ello inmensos bienes, y nos lanzó a un mar de sangre, agitado por la más furiosa discordia”.

Entre tanto que Jorge Abelardo Ramos señala la correspondencia entre la vida política San Martín y Rivadavia: “En la misma medida que ascendía en el cielo del Río de la Plata la estrella política de Rivadavia, y con ella los intereses de los ávidos comerciantes y ganaderos, San Martín se eclipsaba para siempre”.

La capitulación de Buenos Aires fue tal que se propuso como mediadora entre los realistas del Perú y los patriotas que pugnaban por liberar el país, para Rivadavia la de San Martín no era su guerra.

Pero mientras le negaba el apoyo al Libertador el 19 de agosto de 1822 por iniciativa de Rivadavia la Junta de Representantes de Buenos Aires faculta al gobierno de la provincia a negociar un empréstito de tres o cuatro millones para construir un puerto en Buenos Aires,  fundar tres ciudades sobre la costa que sirvieran de puertos, levantar pueblos en la nueva frontera con el indio, proveer aguas corrientes a la ciudad.

El 28 de noviembre se disponía a tomar otro empréstito en el extranjero que sería de un millón de libras del que sólo se recibiría el 70 %, los diputados Gascón, Juan José Paso y Alejo Castex lo cuestionaron, a lo que el ministro de economía y agente inglés Manuel J. García  les respondió que la economía de la provincia era tan brillante que los presupuestos de los próximos cinco años darían superávit, Castex contestó que con ese superávit para que se solicitaba el empréstito, la respuesta fue que convenía traer oro de Londres para darle respaldo a los billetes locales.

Otra consecuencia de este empréstito donde se puso la tierra pública como garantía, fue la Ley de Enfiteusis de Rivadavia que permitió que rapaces especuladores, terratenientes y ganaderos acumularan enormes extensiones de tierra, permitiendo que se quedaran con ella unas pocas familias con apellidos como Anchorena, Lezica, Díaz Vélez, Viamonte, Dorrego, que fueron los más grandes enfiteutas, mientras los campesinos colonizadores que eran supuestamente los beneficiarios de la ley eran expulsados, esta ley fue un asalto a la tierra pública, marcando el inicio de la oligarquía terrateniente. En 1840 50 familias tenían 160 estancias con 2093 leguas.

Rivadavia impulsó la deuda externa, se contrajo ese empréstito sin hacer nada de lo prometido: ni el puerto, ni la provisión de aguas corrientes, ni los pueblos, sólo quedó la deuda que se terminó de pagar en 1904 multiplicada por 10.

Ante el fracaso de la misión de Gutiérrez de la Fuente en Buenos Aires, San Martín debió recurrir a dos comerciantes extranjeros, Godofredo Poygnard y Ricardo Orr para solicitarles un préstamo de 50.000 pesos, con la idea de enviar al Alto Perú a 500 hombres para librar la última batalla para la independencia de esa provincia.

El periódico rivadaviano de Buenos Aires El Centinela decía: “Ninguna expresión del documento muestra que el general ha traído facultades especiales para intervenir y garantir el contrato de que se trata; pero aún teniéndolas, él las habría recibido, al menos ahí correspondía, no en la calidad de Protector, sino en la de un particular; y tampoco para dar órdenes, porque lo contrario sería una monstruosidad original, porque no habría con que compararla”.

El diario cuestionaba un empréstito para la liberación de la patria pero no los que tomaba Rivadavia para poner de rodillas a la Nación con una deuda que se pagó por décadas.

El desprecio de Buenos Aires obligó a San Martín a recurrir a Bolívar para terminar con la misión y a tener que abandonarla sin poder concluir su magnífica campaña libertadora.

Otro inconveniente surgió cuando Cochrane volvió a actuar como un pirata incautando tesoros públicos depositados a bordo de una goleta en el puerto de Ancón, argumentó que había atraso en los pagos pero había también disputas políticas entre Perú y Chile donde O’Higgins padecía de una furiosa posición que llevaría  al fin de su gobierno en enero 1823, ante la queja de San Martín, Cochrane sublevó a la flota con la excusa de la falta de pago y se colocó frente a El Callao en un actitud de amenaza.

El Libertador decidió armar una flota para el Perú desplazando a Cochrane que se lanzó a la piratería en los puertos del norte de Perú capturando naves españolas y quedándose con el botín, pero el negocio fue escaseando y decidió regresar a El Callao.

Había tres buques esperándolo con una fragata La Prueba tomada a los españoles con cincuenta cañones al mando de Bouchard, Cochrane terminó escapando hacia Chile.

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